Reflexiones sobre las elecciones en Estados Unidos de 2016.

No nos engañemos, la victoria de Trump no ha sido gracias a los mercados ni a las grandes corporaciones o los mass media, a ninguno de estos les beneficiaba el discurso xenófobo y autárquico de Trump por lo que se volcaron en apoyar a Clinton, una política con muchísima más experiencia y que se aseguraría de mantener las relaciones comerciales y los acuerdos (y conflictos) internacionales que le permiten a Estados Unidos seguir considerándose una de las mayores potencias a nivel global.

Esta es una victoria del sector más rancio, reaccionario, conservador, racista, homófobo y machista de Estados Unidos; un grupo cuya existencia todos conocíamos pero del que ahora se confirma su mayoría dentro de la sociedad norteamericana.
No son pocos los motivos que han llevado a más de 58 millones de personas, en teoría siendo conscientes y con pleno uso de sus facultades mentales, a depositar su voto en favor del candidato republicano, y casi ninguna es respetable. Todo esto viene de muy atrás, de cuando la candidatura de Trump no parecía más que una broma o una apuesta que le hubiesen lanzado sus colegas, quienes seguramente se sorprendieron, al igual que la mayor parte de la opinión pública nacional e internacional al observar el tirón que tenía el nuevo candidato, y para cuando se quisieron dar cuenta este se postulaba como presidenciable. No cabe más que pensar que el resto de candidatos republicanos reaccionaron tarde y mal ante la amenaza de Trump, dejándose llevar por la broma y no siendo capaces de leer a su propio electorado, que sin lugar a dudas veía en Trump al héroe prometido que les sacaría de la “miseria” en la que se encontraba su país. Por otro lado tampoco cabe dejar de lado la responsabilidad del otro gran partido estadounidense ya que los demócratas, que todavía seguían en campaña para las primarias cuando se conoció la candidatura definitiva de Trump, tampoco fueron conscientes del alcance de la influencia del candidato republicano en la sociedad de su país, y no lograron comprender el hecho de que, enfrentándose a un populismo casi de corte fascista pero con unas grandes bases sociales la mejor estrategia no era la de elegir como candidata a una persona que representaba el continuismo del sistema actual y las viejas políticas neoliberales, sino que debían de luchar al fuego con fuego, la candidatura de Bernie Sanders, autodenominado socialista (palabra que no se atrevían a pronunciar los políticos estadounidenses ni siquiera décadas después de la caída del Muro) era muchísimo más efectiva contra las barbaridades de Trump, siendo capaz al igual que este de ilusionar a un gran sector de la población que no confía (y con razón) en el sistema socioeconómico imperante en los Estados Unidos, y que presentaba verdaderas soluciones a muchos de los problemas del país abogando por políticas salariales más justas, un verdadero sistema de seguridad social y por el fin de los conflictos armados en naciones extranjeras que únicamente suponen ganancias económicas para las grandes empresas petrolíferas y armamentísticas. Sin embargo esto hubiese supuesto el enfrentamiento de dos candidaturas que buscaban romper el establishment que las grandes empresas y los medios de comunicación se esforzaban tanto por mantener en pie por lo que estos sí que decidieron influir en las primarias demócratas para evitar la candidatura de Sanders y volcar a toda la derecha moderada (ya que es inútil tratar de encontrar un movimiento de izquierdas con verdaderas posibilidades en ese país) en favor de Clinton con la esperanza de que esto fuese suficiente para parar a Trump sin darse cuenta de que lo único que conseguían era desanimar a la mayor parte del electorado joven y verdaderamente de izquierdas que ha buscado en estas elecciones salidas alternativas.

Le elección de Donald Trump como Comandante en Jefe de los Estados Unidos de América supone un hito histórico porque representa el agotamiento de un sistema político, económico y social que hasta ahora imperaba en la mayor parte de las sociedades democráticas occidentales (hecho que se ve reforzado por la afluencia de gobiernos de corte similar en muchos otros países europeos). Es de ilusos pensar que Trump se ha alzado con la victoria gracias únicamente al apoyo de la clase media-alta y de raza blanca estadounidense; sin lugar a dudas su candidatura ha recibido el apoyo de al menos parte del resto de sectores que no son precisamente minoritarios dentro de la estructura social de ese país como los negros, latinos, trabajadores de clase media-baja y mujeres de todos los estratos sociales y razas, a pesar de que la mayoría de estos colectivos han sido atacados directamente a lo largo de la campaña del candidato republicano, lo que no parece haber afectado a la misma ya que sus fieles se apresuraron a buscar excusas para estos comportamientos aún cuando les afectaban de manera directa (sin ir más lejos la propia mujer de Trump si bien en un primer momento rechazó sus declaraciones machistas y dijo sentirse dolida por las mismas poco después aseguró que estas habían sido grabadas en su ámbito privado y que como tales no debían ser tomadas en consideración). Este hecho que a todas luces resulta ilógico se debe a la ya señalada dicotomía entre aquellos que apoyan el sistema actual y quienes lo consideran un impedimento para el florecimiento de sus negocios o el desarrollo de la economía, en concreto el factor que más rechazo causa entre este colectivo son los impuestos, contra los que la sociedad norteamericana lleva librando una ardua batalla desde que en 1773 unos cuantos barriles de Té saltaran por la borda de los barcos mercantes británicos en Boston.

Resulta muy difícil no resaltar las similitudes con los resultados electorales de la República Alemana en 1933 (o en Italia pocos años antes), ambos candidatos presentan discursos de marcado carácter populista, xenófobo y racista, entre otros adjetivos, y su victoria se debe, como se ha resaltado con anterioridad, al agotamiento por parte de un gran conjunto de la sociedad frente al sistema imperante. Con esto no quiero decir que las condiciones en general de la Alemania de los años 30 sean comparables con las de la primera potencia mundial en la actualidad ni que todo esto vaya a desembocar en un conflicto a escala global pero sí que es interesante señalar los paralelismos entre los marcos de crisis económica en ambos momentos históricos y el vuelco de la población hacia los candidatos que les prometen un futuro mejor a costa del prójimo.

En definitiva, estas elecciones no sólo buscaban discernir quién sería el próximo inquilino de la Casa Blanca sino que suponían una lucha por la conciencia moral de Estados Unidos, que debido a su posición en la jerarquía internacional tiene consecuencias directas en el resto de naciones del globo. Y lamento decirles que hemos perdido.

Firmado: Diego Álvarez López.

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